EL VENENO DE LA SERPIENTE

 

La vida de Noab, la serpiente, cambió radicalmente cuando recibió en herencia una casa en la cercana ciudad de Jabalpur, legada por un hombre que vivía solo y tenía un gran amor por los animales.  

- ¿Para qué quiero yo una casa en la ciudad?- se preguntó al principio la serpiente y, como en ese momento se puso a llover torrencialmente porque llegaban los monzones, Noab decidió aceptar el legado porque así tendría un techo donde cobijarse en la húmeda estación que se avecinaba.

  Muy contenta por su suerte, Noab se dirigió a la ciudad pero cuando los hombres la vieron entrar se sintieron alarmados y, con palos y dando fuertes gritos, fueron hasta ella para echarla.

- ¡En la ciudad no pueden vivir las serpientes! – le increparon enseñando sus armas. Noab se molestó mucho con su actitud y, al verse amenazada, picó a dos de sus agresores para que la dejaran en paz.

Como tenía un veneno muy poderoso, los dos cayeron muertos enseguida entre espantosos dolores y los atacantes huyeron despavoridos. Así Noab pudo entrar en la casa que legalmente le correspondía a pesar del temor y la oposición de sus vecinos.

- No sé si me gustará vivir en la ciudad, aquí la gente no es muy amigable- se dijo Noab y, como estaba muy cansada, fue al dormitorio de la casa.

Allí había una cama con mantas, sábanas y todo lo necesario para el reposo pero Noab, en vez de dormir sobre el lecho como hacen los humanos, lo hizo enroscada bajo la cama, pues las serpientes siempre prefieren los agujeros.

Esa misma noche, cuando todos dormían y la luna estaba velada por las nubes, numerosos vecinos entraron sigilosamente en la casa armados con palos, cuchillos y espadas.

En medio de la oscuridad llegaron al dormitorio y comenzaron a golpear y dar puñaladas al vacío lecho, creyendo que bajo las sábanas estaba la serpiente. Tantos ruidos y gritos despertaron a Noab que, al ver gente armada en su casa, salió como una fiera de su escondite y comenzó a picar a diestro y siniestro en las piernas de sus atacantes.

El terror que se produjo entre los hombres fue tan grande que, mientras unos querían huir otros daban cuchilladas al aire tratando matar a la serpiente.

Así, en medio de la oscuridad y la confusión, se hirieron los unos a los otros y sólo uno de los quince que entraron pudo salir vivo. A la mañana siguiente toda la ciudad comentaba con espanto lo sucedido porque la noticia había corrido de boca en boca, siendo exagerada cada vez más.

De esta forma nació la leyenda de Noab. Decían de ella que era un monstruo invencible, un diablo al que le gustaba matar y además inmune a los golpes y cuchillos. Todos estaban aterrados porque en la ciudad viviese un asesino tan peligroso y no sabían qué hacer ni cómo protegerse.

Esa misma mañana Noab se levantó pensando que la ciudad estaba llena de asesinos, ya que habían intentado matarla dos veces nada más llegar. Pensó que debería tener mucho cuidado y, antes de salir a la calle, afiló sus enormes dientes y destiló sus venenos más letales por lo que pudiera pasar.

Así, salió a la calle dispuesta a hacerse respetar. Se extrañó de que las calles estuviesen desiertas y pensó que le estarían preparando alguna trampa. Cuando se encontró con un humano, el pobre dio un grito de espanto y trató de huir, pero la rápida y letal serpiente se lo impidió dándole una picadura mortal. “Tú no avisarás a tus amigos”, le dijo la serpiente mientras el otro agonizaba entre horribles dolores.

Lo mismo sucedió varias veces con otros hombres a los que la serpiente mató porque estaba recelosa y deseando hacerse respetar. Pasó un tiempo y un día Noab acorraló frente a su negocio a Salamín, el rico comerciante de la ciudad.

Lleno de miedo, Salamín quiso evitar la terrible picadura de la serpiente ofreciendo oro y joyas a Noab. Esas cosas brillantes llamaron la atención de la Noab y aceptó dejarlo en paz a cambio de lo que le ofrecía.

El resplandor del oro gustó mucho a Noab y, a partir de ese momento, cada vez que veía un ciudadano le acorralaba como siempre, pero en vez de picarlo le decía: “Si me das el oro que brilla te dejaré en paz”.

Como muchos aceptaban darle algo, Noab terminó por tomarle el gusto a esa actividad y en poco tiempo se hizo inmensamente rica.

Pasó un año. Todos seguían teniendo miedo de Noab pero también había algunos que la envidiaban por su riqueza e incluso había quienes la admiraban. - “Llegó aquí sin nada y en poco tiempo ha hecho una fortuna”-murmuraban entre ellos cuando pasaba.

La vida continuo de esa manera hasta que un día llegó a la ciudad un sabio santón muy conocido. Según iba atravesando las calles todos lo seguían y, cuando llegó a la plaza del mercado, los hombres y mujeres que estaban allí hicieron un alto en sus afanes, congregándose alrededor del sabio para escuchar sus hermosas palabras.

Eso había sido visto por Noab que estaba tomando el sol en lo alto de su azotea. La serpiente sintió curiosidad por lo que pasaba, por ese hombre al que todos seguían con admiración y respeto, al que todos escuchaban en silencio.

 - ¿Qué poder tendrá ese desconocido para que nada más llegar todos le presten tanta atención?. –se preguntó la serpiente mientras se deslizaba discretamente para acercarse sin ser vista y poder escuchar mejor.

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